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sábado, 6 de febrero de 2016

Luz oculta



“Todos los bosques son poderosos, algunos son temibles por profundos, por misteriosos, otros por oscuros y siniestros.”

Dolores Redondo (El guardián invisible)
 


viernes, 22 de enero de 2016

Autorretrato versus selfie


¿Será atrevimiento sacar en el encuadre a las monjitas? ¿Se enfadará Dios? No es que sea muy creyente, pero si hago caso a mi madre algo hay por ahí, se llame como se llame. Y es que a mí la típica "selfie"me asquea. ¿Qué dirá mi primo el cinéfilo? Seguro que me suelta que le recuerda a una película de Berlanga con guión de Rafael Azcona. Como me diga alguna tontería sobre la foto no le invito a café.

Texto: Pedro Maximiano Cascos





martes, 5 de enero de 2016

Pobreza y solidaridad



La pobreza, como ya he dicho, endurecía mi corazón y mi necesidad me hacía mirar con indiferencia la de los demás.
Daniel Defoe


jueves, 31 de diciembre de 2015

Feliz 2016 desde Villanueva de la Serena.



“En este Nuevo Año rodéate de todo aquello que te haga feliz y despréndete de todo aquello que te haga llorar. ¡Feliz 2016!” (Anónimo)




viernes, 18 de diciembre de 2015

Feliz Navidad


Pienso que la Navidad es una fiesta necesaria; necesitamos un aniversario durante el cual podamos lamentar todas las imperfecciones de nuestras relaciones humanas. Es la fiesta del fracaso, triste pero consoladora.
Graham Greene

Feliz Navidad desde Villanueva de la Serena (Badajoz)




domingo, 13 de diciembre de 2015

Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Ausencia (José Luis Borges)



sábado, 28 de noviembre de 2015

¿Que hay detras de la niebla?


¡Hay cosas en la niebla! ¡Todos los horrores de una pesadilla! ¡Engendros sin ojos! ¡Criaturas espectrales! ¿Dudáis? ¡Pues salid! ¡Salid y decidles: «Hola, ¿qué tal?»!
 La niebla (Stephen King)







viernes, 20 de noviembre de 2015

La estación



Vivir cerca de una estación te cambia completamente la vida. Tienes la impresión de estar de paso. Nada es definitivo jamás. Un día u otro te subes a un tren.

Patrick Modiano


viernes, 13 de noviembre de 2015

Déja vú

(Esta entrada la puse en el 2011, hacia poco que había creado el blog, tenía ganas de volverla a poner, por los recuerdos que me trae, creo que iré recuperando alguna más)

Déja vú

-¿Te acuerdas de...?. Ella me hablaba sin dejar mirar el horizonte del mar, mientras por mi parte entretenía en mi regazo a nuestro gato, que de perezoso o viejo que es ni ronronea.

-¿De qué quieres que me acuerdé?

- De aquel sueño que te conté.

-Me has contado muchos.

-Si, ese en el que paseo sola por playas de arenas blancas, y de vez en cuando encuentro gente a la que no conozco y pasan a mi lado como si fuese invisible.

-Eso es cómo pasear por Madrid.

-Estar aquí es como un sueño, no por lo deseado de venir, si no por lo irreal que es el paisaje y el entorno.

-Sí, parece todo un tanto surrrealista.

-Me siento feliz aquí, es bueno ser invisible a los ojos de otros algunas veces.

-¿También a los míos?

Ella se acercó y me besó con timidez, como la primera vez, aunque once años que nos conocimos y seis que vivíamos juntos. Era como el primer beso, el mismo olor,el mismo tacto, el mismo galopar de corazón, no era como la primera vez, era la primera vez . Nuestro gato ya no estaba, algo nuevo y ya vivido. ¿Quién me lo puede explicar?, mejor no, se pierde la magia que tanto necesitamos.

Textos: Pedro Maximiano Cascos


viernes, 30 de octubre de 2015

El cerro que era una montaña

                                                                 http://www.turismoextremadura.com/
Foto portada del libro

VI Encuentro de blogueros de Extremadura, en el que he tenido el honor de participar.

“No muevas una montaña, por quien no mueve una piedra por ti”. José recordaba esas palabras que resonaban en su cabeza, se las había dicho su mejor amigo días antes de morir en una habitación de hospital. Era alguien que había movido montañas y recibido pedradas. La pedrada de mayor acierto, un cáncer que venía con billete de ida y sin retorno. José Llevaba varios días por Villanueva de la Serena, a partir del tercero ya se había acostumbrado a una nueva rutina, que sólo admitía leves variaciones. Se levantaba a la salida del sol y tras asearse con celeridad un breve paseo de veinte minutos, volvía a casa y desayunaba mientras veía la televisión sin interés y pensaba en el helado que tomaría en Los Valencianos, le agradaba ese lugar. Tras el helado vagaba sin rumbo, intentando organizar el caos de sus pensamientos, que vagaban mucho más libres y desenfrenados que él mismo, como si no le pertencieran. Eran esos pensamientos como los vicios de lo que habla un proverbio chino, que llegan como invitados, se quedan como huéspedes y terminan como dueños y a José nunca le habían gustado los dueños, ni ser dueño de nadie. En cuanto su vista alcanzaba el cerro de Magacela, era un imán para sus ojos, aquello para él no era un cerro o una colina, le parecía majestuoso y misterioso, como un lugar en el que sin estar, hubiera estado antes. Aquello era la montaña, pronunciada esa palabra mon-ta-ña con delicadeza, sintiéndola, recreando a la par que la dices, su imagen poderosa, de atracción, como si fuese un lugar de redención, de aura mística, el fin de algo, el principio de otro algo. Magacela no es el techo del mundo, pero José sentía cada vez más la necesida de pisar ese lugar, subir a esa cima y para un ateo como él, pensar que podía creer en algo más fuerte que su propia naturaleza, ahora que todo se derrumba.
Una noche veraniega de intenso bochorno, de esas noches largas que provocan cansancio y mal humor. José se levanta y va hacia el cuarto de baño, se refresca la cara más que lavarse. Se fija en una en una moneda de dos euros que se dejado en el lavabo, mira su reverso, es italiana, ahí aparece Francesco Petrarca. Recuerdo cuando había leído que Petrarca había subido por el puro placer y curiosidad el mont ventoux, una montaña en la provenza francesa, un 26 de Abril de 1336 en compañía de otros(lejos aún en el tiempo de ser santuario ciclista), dicen que quería disfrutar de las vistas. Para algunos ahí nació el alpinismo. José cree que lo debió hacer movido por otros motivos, pero que seguro que se los guardo para él, si era poeta, que lo era y de los buenos, seguro que sabía guardar bajo siete llaves lo que se debe guardar y poner a salvo. En la mente de José, entre la duermevela y el sopor que da el cansancio, sólo aparecieron dos nombres, Laura y Magacela, Magacela y Laura, ese cerro que era montaña, Laura, la amada de Petrarca a la que cantó. Dos oscuros objetos del deseo, y ya se sabe que para algunos la mejor manera de evitar una tentación es caer en ella. José en aquel momento era de esos.
Antes de llegar el alba. José ya pisaba tierra con sus viejas zapatillas deportivas. Caminaba con ritmo pausado, alzando la cabeza de vez en cuando hacia lo alto, y allí estaba, parecía cercana esa montaña, pero lejana e inalcanzable, como cualquier deseo. Se sentía rejuvenecer, no era ese hombre de casi medio siglo, que evitaba mirarse en los espejos. Volvía a ser por momentos ese muchacho soñador, de carácter inquieto y confiado, que creía el mundo como un gran banquete al que si bien no te invitaban, podías colarte con facilidad, craso error, las mesas están numeradas y hace falta invitación. De vez en cuando aceleraba un poco el paso, y parecía que Magacela se alejaba, era un deseo esquivo, que se deja mirar, pero al acercarte se aleja. Paró en el camino, se dejó sentar sobre una roca que parecía dispuesta para la ocasión, quemaba un poco, bebió un poco de agua fresca y miró a Magacela.Pensó en Petrarca y en su amada Laura y él recordó a Delia, la compañera con la que estuvo en octavo de E.G.B, ella ya era toda una señorita, y él un imberbe alocado unas veces y otras alicaído, y cuando estaba así, de esa manera, ella se fijaba en él y le preguntaba “Oye niño ¿Qué te pasa?, qué cara de pena, ni que se te haya muerto el gato” para algunos eso era ser una fresca, a José por entonces le agradaba que se fijará en él, aunque fuese de esa manera y hubiera en ella más burla que interés sincero, durante una tarde entera delante de un espejo ensayo caras de pena, no se le dio del todo mal, llegó a conseguir entablar algunas vacías conversaciones que le llevaron a escribir incompletos poemas de amor a los que no supo como poner fin. Echó a caminar de nuevo y recordó como Delia se casó con su mejor amigo, un bodorio por todo lo alto y luna de miel en concordancia. En el entierro de su mejor, no reconoció a nadie de los escasos asistentes. Ni falta que hacía pensó, a hacer puñetas tantos recuerdos. Miró de nuevo a Magacela, el sol de ese día venía con fuerza, se alivió bebiendo otro trago, ese día iba a ser de calor, de esos que en la comarca de La Serena hasta los lagartos van con cantimplora. Si viviera, a su mejor amigo le hubiese gustado ese paseo, siempre que podía iba a Gredos, José nunca fue con él, con ellos en verdad, no quería ver a Delia. Sin quererlo, sin poder evitarlo Delia y su mejor amigo poblaban de nuevo su cabeza, mientras tanto subía Magacela casi sin darse cuenta, sin esfuerzo aparente, movido por una fuerza que el propio José no sabe de donde vino, aquella mañana, no deambulaba, su caminar tenía un rumbo, una cima en la que aposentarse. Llegó a lo alto y vió un viejo cementerio que le dio un escalofrío, pensó que era un presagio, se tomó las pulsaciones y no notó nada raro,contempló el paisaje calmado desde allí, todo era el azul del cielo despejado y el ocre de las tierras en verano, algún olivar u otro árbol que desde allí sólo en eran manchas que su ojo apenas distinguía. Se tumbó en el suelo y cerró los ojos, pensó que estaba en el techo del mundo, lo pensó,pensó, pensó y sintió frío en un día de verano que venía serio como diría cualquiera de por allí.

Texto: Pedro Maximiliano Cascos

La ruta que yo he propuesto para el libro, es la que va desde Villanueva de la Serena (Badajoz), hasta Magacela.
Duración: 2 horas Ruta senderista de fácil realización entre Villanueva de la Serena y Magacela. Se trata de es un camino característico por terrenos de siembra con impresionantes vistas desde la lejanía del castillo de Magacela. Cada año y coincidiendo con la luna llena del mes de agosto, se organiza una conocida marcha nocturna que recorre esta bonita ruta. Transporte Público (Inicio): Estación de Autobúses - Renfe




sábado, 24 de octubre de 2015

Al galope



El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.

EL TIOVIVO
(cuento)
Ana María Matute. Los niños tontos (1956)