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sábado, 23 de diciembre de 2023

FELIZ NAVIDAD


“La Navidad es la época del año en que se nos acaba el dinero antes que los amigos”

Larry Wilde.







viernes, 4 de septiembre de 2020

Lucifer camina solo


Pero los peones monstruos eran los que hacían nido. Los que se te metían dentro y montaban ahí su hogar. Los que no podías identificar, los que no podías ver. Los monstruos que se te comían vivo desde dentro.

Cruzando el bosque (Emily Carroll)




martes, 5 de marzo de 2019

"LA MUSA Y EL DIABLO"



   La noche del viernes alguien había llamado a casa justo en los escasos minutos en que me había ausentado. No había dejado mensaje en el contestador y era un número que no me resultaba familiar. Pensaba quien podría ser y justo llamó en ese instante. Una voz de mujer joven preguntaba  por mí. Era Ana, una chica búlgara a la que conocía desde años atrás. En realidad se llamaba Anna, pero todos sus amigos la llamaban Ana. Nada más saber que era ella, evoqué su cara y su figura. Había sido modelo de Bellas artes y camarera entre otros oficios, una singular belleza del este, que siempre mantuvo un distanciamiento con los hombres, una inocencia aderezada con un puntito diabólico. Me preguntó si podríamos vernos al día siguiente a eso de la una del mediodía en el Retiro, la pregunta era pura cortesía, sabía que acudiría sin falta y que estaría esperándola media hora antes, inquieto ante su llegada.
Amaneció un día gris y de temperatura templada, con todos los tópicos otoñales que un lector o lectora avezada de novela romántica pueda imaginar. Llegué con cuarenta minutos de adelanto, pero acelerado por verla, caminaba rápido paralelo al lago, cuando vi que alguien se me acercaba por el lado derecho.
-¿Tienes prisa, Pablo?
Paré en seco y  miré hacia ella. Estaba más guapa que de costumbre o es que tenía mala memoria.
-Hola, ¿qué tal?. Es lo único que acerté a decir. Ella me besó en la mejilla y seguimos caminando, caminaba bien erguida y pisando con firmeza, me propuse imitarla mientras iba a su lado, no creo que lo consiguiera, ella lo notó y me sonreía.
Cuando llegamos al monumento del ángel caído nos sentamos en un banco cercano, y como casi siempre no sabía de qué hablar con ella. Anna tomó la iniciativa y me contó lo que  quería contarme, lo que me había echado de menos, y de que se había quedado con inmensas ganas de conocerme, era un pobre diablo muy feliz y a quien otro diablo de mayor grado que había bajado a los infiernos terrenales para echarme un cable y aliviar un destino de hastío, creo que mi novela estará en breve, con ayuda del diablo y de la musa Anna.

Texto: Pedro Maximiano Cascos
Fotos: Ana Manotas Cascos






jueves, 10 de noviembre de 2011

LA MUSA Y EL DIABLO




La noche del viernes alguien había llamado a casa justo en los escasos minutos en que me había ausentado. No había dejado mensaje en el contestador y era un número que no me resultaba familiar. Pensaba quien podría ser y justo llamó en ese instante. Una voz de mujer joven preguntaba  por mí. Era Ana, una chica búlgara a la que conocía desde años atrás. En realidad se llamaba Anna, pero todos sus amigos la llamaban Ana. Nada más saber que era ella, evoqué su cara y su figura. Había sido modelo de Bellas artes y camarera entre otros oficios, una singular belleza del este, que siempre mantuvo un distanciamiento con los hombres, una inocencia aderezada con un puntito diabólico. Me preguntó si podríamos vernos al día siguiente a eso de la una del mediodía en el Retiro, la pregunta era pura cortesía, sabía que acudiría sin falta y que estaría esperándola media hora antes, inquieto ante su llegada.
Amaneció un día gris y de temperatura templada, con todos los tópicos otoñales que un lector o lectora avezada de novela romántica pueda imaginar. Llegué con cuarenta minutos de adelanto, pero acelerado por verla, caminaba rápido paralelo al lago, cuando vi que alguien se me acercaba por el lado derecho.
-¿Tienes prisa, Pablo?
Paré en seco y  miré hacia ella. Estaba más guapa que de costumbre o es que tenía mala memoria.
-Hola, ¿qué tal?. Es lo único que acerté a decir. Ella me besó en la mejilla y seguimos caminando, caminaba bien erguida y pisando con firmeza, me propuse imitarla mientras iba a su lado, no creo que lo consiguiera, ella lo notó y me sonreía.
Cuando llegamos al monumento del ángel caído nos sentamos en un banco cercano, y como casi siempre no sabía de qué hablar con ella. Anna tomó la iniciativa y me contó lo que  quería contarme, lo que me había echado de menos, y de que se había quedado con inmensas ganas de conocerme, era un pobre diablo muy feliz y a quien otro diablo de mayor grado que había bajado a los infiernos terrenales para echarme un cable y aliviar un destino de hastío, creo que mi novela estará en breve, con ayuda del diablo y de la musa Anna.

Texto: Pedro Maximiano Cascos
Fotos: Ana Manotas Cascos