Jimena, una chica que había estudiado Bellas artes y en la época que la conocí pintaba pulcros retratos por encargo, me habló por primera vez de Manuel el de la vías, un desconocido artista extremeño, un maldito sin buscarlo, que se atrevió demasiado a soñar despierto, desafiando a la lógica tan a menudo empeñada en ser aplastante y a la tan manida y mal entendida madurez. Nadie pudo aplastarlo, pero si le entendieron mal. Hijo de una familia de ferroviarios, desde niño miraba el horizonte que dejaba la vía que iba al levante y Barcelona. Para él Barcelona era sinónimo de cambio y esperanza, como un lugar de ensueño y colores en su mundo de blanco y negro. Mientras dibujaba en la arena y con el carbón de los trenes. Al cumplir los quince y con esos arrebatos propios de la edad y la desesperanza se metió de polizón en un mercancía repleto de fardos. Conoció esa Barcelona de artistas bohemios, de mujeres de vida alegre, también de miserias y de hambre, dibujaba y pintaba para comer, se ganó a mucha gente por su simpatía, pero nadie le comprendió, ni los artistas incomprendidos que posaban en las tertulias, para ellos sólo era un artista menor o ni siquiera artista. vivió con penurias pero feliz como pocos podamos entender, dejó una obra desperdigada al igual que sus sueños, pintó de colores tantos tonos grises, sabía de la miseria que le rodeaba, pero que nunca le venció, él vivió en su Barcelona, como ese loco más cuerdo que nadie y el cuerdo más loco, que sabe hacer equilibrio en la cuerda floja del destino, el suyo se llamaba Barcelona.
Textos: Pedro Maximiano Cascos
