Cada vez que me calzó
las viejas botas, sé que me espera un día feliz en el campo, con sol, niebla o
una pertinaz llovizna, he pasado
jornadas en La Moheda a la espera de cazar la instantánea deseada con mi cámara
de fotos. Involuntarias modelos son para mí las grullas, que acostumbradas a mi
presencia, siguen con sus quehaceres diarios ajenas a mi trajín con la cámara,
mido luz y cojo foco con el aparatoso teleobjetivo que llevo, observo con
detenimiento, alguna grulla se incomoda, mira de reojo y levanta el vuelo un
poco más allá, donde se posa. El día amaneció soleado, pero en poco tiempo han
ido apareciendo nubes, que no han llegado para descansar, caen las primeras
gotas mientras guardo el teleobjetivo y la cámara. Con las nubes, me ha venido
una nueva idea. Saco mi vieja Nikon, quiero sentirme como un fotógrafo a la
antigua usanza. Camino despacio, con sigilo, pero todo silencio es poco en la
dehesa, las grullas levantan el vuelo, apunto y disparo con la cámara, me gusta
cómo suena ese clic, lo estaba echando de menos. Varios clics después me
marchó, la lluvia no cesa y el frío se avecina. Poco después al revelarlo,
quedé satisfecho como hacía tiempo no lo estaba con mis fotografías. Allí
estaban las grullas, una secuencia de fotos desde que levantaban el vuelo hasta
que se perdían en el horizonte. Así es su vuelo, tenaz y constante, como la de
los grandes corredores de fondo.
Textos: Pedro Maximiano Cascos
Fotos: Ana Manotas Cascos






