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viernes, 9 de noviembre de 2012

CON MIS VIEJAS BOTAS


     
    Cada vez que me calzó las viejas botas, sé que me espera un día feliz en el campo, con sol, niebla o una pertinaz llovizna,  he pasado jornadas en La Moheda a la espera de cazar la instantánea deseada con mi cámara de fotos. Involuntarias modelos son para mí las grullas, que acostumbradas a mi presencia, siguen con sus quehaceres diarios ajenas a mi trajín con la cámara, mido luz y cojo foco con el aparatoso teleobjetivo que llevo, observo con detenimiento, alguna grulla se incomoda, mira de reojo y levanta el vuelo un poco más allá, donde se posa. El día amaneció soleado, pero en poco tiempo han ido apareciendo nubes, que no han llegado para descansar, caen las primeras gotas mientras guardo el teleobjetivo y la cámara. Con las nubes, me ha venido una nueva idea. Saco mi vieja Nikon, quiero sentirme como un fotógrafo a la antigua usanza. Camino despacio, con sigilo, pero todo silencio es poco en la dehesa, las grullas levantan el vuelo, apunto y disparo con la cámara, me gusta cómo suena ese clic, lo estaba echando de menos. Varios clics después me marchó, la lluvia no cesa y el frío se avecina. Poco después al revelarlo, quedé satisfecho como hacía tiempo no lo estaba con mis fotografías. Allí estaban las grullas, una secuencia de fotos desde que levantaban el vuelo hasta que se perdían en el horizonte. Así es su vuelo, tenaz y constante, como la de los grandes corredores de fondo.

Textos: Pedro Maximiano Cascos
Fotos: Ana Manotas Cascos




lunes, 28 de noviembre de 2011

Sobre grullas y azucenas

FESTIVAL DE LAS GRULLAS EN EXTREMADURA 2011
Mi agradecimiento a Jose Manuel Lopez  y Anastasio Fernández García, por su amabilidad y por contar conmigo para la publicación de "Las grullas como recurso turistico en Extremadura".

(Düsseldorf- La Moheda. Extremadura)

 
En mi peregrinaje en pos de la grullas,  buscando cazar la foto perfecta que nunca llegará, me acompañó aquel día Jerónimo,  que viene todos los años por estas fechas desde Alemania, concretamente desde Düsseldorf, para llevar azucenas a las tumbas de sus padres, fue una promesa que hizo a sus progenitores y que sólo su propia muerte quebrará. Desde hace tres años, me acompaña a ver las grullas a la Moheda, le impresionaron la primera vez que las vio.
-Se parecen a mí y a otra mucha gente. Dijo sin dejar de mirar el vuelo de estas aves migratorias, con la voz embargada por la emoción, supuse lo que pasaba por su cabeza pero no me atreví a preguntar.
Seguimos caminando y haciendo un alto en el camino, preparé mi cámara fotográfica y un llamativo teleobjetivo, a Jerónimo le parecía demasiado aparatoso todo aquello.
-No irás a asustar a las grullas con eso, da más miedo que un rifle.
Me dispuse a poner en práctica mi escasos conocimientos como fotógrafo y ornitólogo con más entusiasmo que aciertos, pero que he aprendido a disfrutar de mis errores.  Un clic, dos, tres… disparé hasta que note el cansancio del brazo, recordé que al día siguiente tenía cita con la fisioterapeuta y con mi dichoso codo.
-Ya te has cansao, joven.
-Es el codo.
-Pues sí que estás descompuesto con lo pocos años que tienes. A Jerónimo le gustaba picarme y echarme por cara la buena salud que tenía, en Alemania participaba en carreras populares y había hecho un par de maratones.
-Soy como las grullas, no nos cansamos de andar o volar en busca de poder comer, no nos asusta ni el hambre ni el frío. Cuando llegué por primera vez a Alemania, era como cualquier pájaro de estos, un emigrante que busca lo que cree es justo.
Así era Jerónimo, honesto, terco y leal a su palabra. Me miró cuando íbamos en el coche de vuelta al pueblo.
-¿Me prometes una cosa?
No dije nada, pero afirmé con la barbilla.
-Cuando muera, llévame azucenas a mi tumba.
-¿A Alemania?
-No, el sueño eterno lo quiero aquí, cerca de los míos y de las grullas.

Texto: Pedro Maximiano Cascos
Fotos: Ana Manotas Cascos



sábado, 28 de mayo de 2011

ESPERANDO LA VIDA-PARQUE MOHEDA ALTA



Donde pacen las grullas no es terreno inhóspito para ellas. Es la dehesa su hogar natural, la casa donde siempre quieren volver. No hay polución, ni vertederos, ni el estridente tráfico. Cuando llegan las grullas se integran en el paisaje, son el paisaje, que parecía llevar mucho esperándolas, cuando se las mira desde la carretera se puede creer que llevan toda la vida ahí.

Texto: Pedro Maximiano Cascos




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