Buscando una fría tarde de Enero, el tibio sol de invierno que aliviase en parte mi entumecido cuerpo, comencé a caminar sin rumbo y fui a hacer mi primer descanso en un modesto parque de Madrid, de los que nadie recuerda su nombre. Miraba las llamadas perdidas del móvil, cuando sin darme cuenta, vino a sentarse a mi lado una mujer como de setenta y pocos años calculé, y una chica joven que raro sería si llegaba a los veinticinco. No tardé mucho en saber que eran abuela y nieta.
-Joven, sabe la hora qué es. A la abuela se le notaba el aire del sur en la voz.
-Las cuatro menos diez. Contesté en un tono neutro, que a la abuelilla debió parecerle áspero.
-Muchas gracias, pero que no tenga que ganarse el pan dando las noticias.
-Abuela, qué vergüenza, decirle esto a este chico que no conocemos de nada, que no está en Sancti Petri, su pueblo.
-A este joven no se le hace ná de mal. ¿A qué llevo toíta la razón del mundo?.
-Por supuesto señora. No pude evitar sonreír y esto animó a la abuela y a la nieta.
-No hagas mucho caso a mi abuela, es que se aburre en Madrid.
-Comprendo a tu abuela, Madrid a menudo es aburrido.
-No me llevan al cine ni al teatro, ni carnavales bonitos, ni pescaíto.
La abuela se animaba y parecía encontrarse a cada instante más en su salsa prometiéndoselas muy felices.
-Con lo que a mí me ha gustao el cine de joven, hasta salí haciendo bulto en una película, pero no me dejaron bailar que es lo que me hubiese gustao.
-Mi abuela ha sido actriz y todo.
-Niña no hagas guasa, pá guasa la que yo tengo.
La charla continuó, amena e interesante. Me habló de su pueblo, que luego supe que era un poblado de pescadores, Sancti Petri, algo había oído, pero vagamente. Quedé con ambas para el día siguiente si hacía bueno, en el mismo sitio y a la misma hora, como dice la copla. Quiso el tiempo y nos reencontramos. Por mi parte, me había pasado horas que robé al sueño, rastreando por internet sobre Sancti Petri. Es curioso y desconocido para el gran público ese lugar, por donde habían pasado fenicios y griegos. Un lugar lejos del trillado y masificado turismo que asola las playas de España. Un lugar que tiene por ahora la belleza de los sitios abandonados donde antes hubo vida, mucha vida, de sus almadraberos y su trabajo con el atún. Familias de pescadores que vivían en su lugar de trabajo, un poblado pleno a rebosar de vida que más pareciera pueblo, con su plaza mayor empedrada, sus escuelas y un gentío incesante en el trajín diario. Pasó su breve gloria perecedera y ese lugar donde el calor humano se enfrío pasó a manos del ejército como campo de entrenamiento. Se marchó su gente y se fueron las piedras que empedraban la plaza mayor. La abuela recordaba emocionada cuando hablaba sobre Sancti Petri y de cómo ella había salido en una película de Lola Flores y Manolo Caracol, aunque no la dejaron cantar ni bailar, hoy quién pasé cuesta imaginarlo, pero todo es ponerse a ello, o llevar hasta mujer que pasea por el parque del brazo de su nieta, a ese lugar que lo lleva en un altar de su memoria y cuando lo venera, alivia un gélido Enero en Madrid.
Texto: Pedro Maximiliano Cascos
Fotos: Ana Manotas Cascos
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