Yo, hasta hace poco era un
hombre muy infeliz. Muy infeliz. Salía a la calle y nadie me decía nada, ni me
miraban. Las chicas no me dejaban tocarlas. Siempre estaba triste, casi
llorando. A nadie le importaba.
Un día fui a comprar bacalao a la tienda del señor Ramón. Me hizo gracia ver
que en la oreja, en vez de lapicero, llevaba una zanahoria redondita y muy
colorada. Me puse a sonreír. El señor Ramón me vio y sonriendo me dijo: ¿qué
pasa, chavalote, qué te pongo...? ¡¡Coooño!! Ya había encontrado la fórmula, la
herramienta, para que la gente se fijara en mí.
Así que ahora antes de salir a la calle me pinto mi mejor sonrisa y cuando la
gente me ve, me dice: "hola, qué tal, qué pasa..." y yo, con mi
sonrisa mejor, les contesto y hasta una vez le dije guapa a una señora. Ahora
soy feliz. Todos se fijan en mí. Lo único que me falta es que las chicas se
dejen tocar.
Foto: Ana Manotas Cascos