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lunes, 21 de abril de 2014

Cristo sostened a Piedad


   En silencio, solemne y humilde, ajena a cuanto pasa a su alrededor. Piedad reza para sus entrañas, no lo hace para nadie que no tenga que hacerlo. No lo hace para la chiquillería despreocupada que goza de su despreocupación, no lo hace para el usurero que reza contando dinero, ni para el necio que se tiene por sabio, ni para el sacerdote que nunca creyó en nada. Reza para sí y a la vez para todas aquellas personas que sepan escuchar, que sepan escuchar sus entrañas, saber de su propia naturaleza caduca y frágil, que se balancea al son del viento y se quiebra por la fuerza del rayo, ¿la ira de un Dios vengativo? ¿Puede un padre odiar a sus hijos?. En sus recién hechos ochenta años ha visto muchas cosas, no siempre agradables y se pregunta como que siendo tan orgullosos las personas somos tan débiles con el transcurrir de los años. Dime de que presumes te diré de que careces, que no seremos ni sombra de lo que fuimos, tal vez y sólo tal vez polvo en un inabarcable camino. Piedad mira a Cristo y ve en él a su hijo y a su marido, el primero muerto en accidente de tráfico, el segundo de pura pena entre sus brazos, ella resiste en el tiempo, resiste pero no sabe si gana, la ilusión se ha perdido, mira de nuevo a su Cristo, se persigna y sale de la iglesia, está sosegada y tiene cosas que hacer en casa, hasta que llegue la noche y metida entre sus sábanas diga en susurros "Cristo ten piedad, sostened a esta Piedad, que siento miedo"


Texto: Pedro Maximiano Cascos
Foto: Ana Manotas Cascos



lunes, 9 de agosto de 2010

Guadalupe (Cáceres)



COMARCA DE LAS VILLUERCAS


Una tarde de invierno, esperando el autobús de vuelta a casa en la estación Méndez Álvaro en Madrid, se me acercó un hombre bajito de unos sesenta años,me preguntó la hora y nada más hacerme esta pregunta,pude darme cuenta de su desatada verborrea, cuando dije que era de Extremadura, parecía tener todavía más ganas de hablar, y al hilo de la conversación o más bien soliloquio, me contó una historia acerca de Guadalupe y dos peregrinos, uno creyente y otro ateo, se juntaron cuando apenas quedaba una hora para llegar al pueblo, y se dieron a conocer, al uno le movía su fé y el fervor mariano, al otro su pasión por el arte, no me estaba creyendo nada mientras me lo contaba ,todo sonaba a fábula con su moralizante moraleja final. Religión y arte se dan de la mano en Guadalupe, y hacen que gente tan dispar como esta se junten en un camino con un rumbo determinado. Me contó que no discutieron mientras iban con el camino,pese a sus diferencias,escuchaba con cortesía pero me estaba cansado y el autobús aún no llegaba. Me dijo que entraron juntos en el monasterio y cada uno explicaba al otro lo que ignoraba, salieron sabiendo un poquito más, después comieron juntos y me contó que fué el principio de una gran amistad,entre la morenita y pinturas de Zurbarán, pensé para mí que había sido un final a lo Casablanca en plenas Villuercas, pero no me creí nada,subimos al autobús y en la parada que este hacía en Lagartera, el hombre bajito y hablador bajó y me dijo hasta luego, bajé después a tomar algo en el bar y allí ví a este señor que era muy afectuosamente por un hombre moreno y más grueso de su edad aproximadamente, este hombre llevaba en sus manos una lujosa edición de un libro sobre Zurbarán. Comencé a creer.


Pedro Maximiano Cascos
Aromas de paz y Zurbarán


Guadalupe (Cáceres)



COMARCA DE LAS VILLUERCAS


Una tarde de invierno, esperando el autobús de vuelta a casa en la estación Méndez Álvaro en Madrid, se me acercó un hombre bajito de unos sesenta años,me preguntó la hora y nada más hacerme esta pregunta,pude darme cuenta de su desatada verborrea, cuando dije que era de Extremadura, parecía tener todavía más ganas de hablar, y al hilo de la conversación o más bien soliloquio, me contó una historia acerca de Guadalupe y dos peregrinos, uno creyente y otro ateo, se juntaron cuando apenas quedaba una hora para llegar al pueblo, y se dieron a conocer, al uno le movía su fé y el fervor mariano, al otro su pasión por el arte, no me estaba creyendo nada mientras me lo contaba ,todo sonaba a fábula con su moralizante moraleja final. Religión y arte se dan de la mano en Guadalupe, y hacen que gente tan dispar como esta se junten en un camino con un rumbo determinado. Me contó que no discutieron mientras iban con el camino,pese a sus diferencias,escuchaba con cortesía pero me estaba cansado y el autobús aún no llegaba. Me dijo que entraron juntos en el monasterio y cada uno explicaba al otro lo que ignoraba, salieron sabiendo un poquito más, después comieron juntos y me contó que fué el principio de una gran amistad,entre la morenita y pinturas de Zurbarán, pensé para mí que había sido un final a lo Casablanca en plenas Villuercas, pero no me creí nada,subimos al autobús y en la parada que este hacía en Lagartera, el hombre bajito y hablador bajó y me dijo hasta luego, bajé después a tomar algo en el bar y allí ví a este señor que era muy afectuosamente por un hombre moreno y más grueso de su edad aproximadamente, este hombre llevaba en sus manos una lujosa edición de un libro sobre Zurbarán. Comencé a creer.


Pedro Maximiano Cascos


Aromas de paz y Zurbarán