En
silencio, solemne y humilde, ajena a cuanto pasa a su alrededor. Piedad reza
para sus entrañas, no lo hace para nadie que no tenga que hacerlo. No lo hace
para la chiquillería despreocupada que goza de su despreocupación, no lo hace
para el usurero que reza contando dinero, ni para el necio que se tiene por
sabio, ni para el sacerdote que nunca creyó en nada. Reza para sí y a la vez
para todas aquellas personas que sepan escuchar, que sepan escuchar sus
entrañas, saber de su propia naturaleza caduca y frágil, que se balancea al son
del viento y se quiebra por la fuerza del rayo, ¿la ira de un Dios vengativo?
¿Puede un padre odiar a sus hijos?. En sus recién hechos ochenta años ha visto
muchas cosas, no siempre agradables y se pregunta como que siendo tan orgullosos
las personas somos tan débiles con el transcurrir de los años. Dime de que
presumes te diré de que careces, que no seremos ni sombra de lo que fuimos, tal
vez y sólo tal vez polvo en un inabarcable camino. Piedad mira a Cristo y ve en
él a su hijo y a su marido, el primero muerto en accidente de tráfico, el
segundo de pura pena entre sus brazos, ella resiste en el tiempo, resiste pero
no sabe si gana, la ilusión se ha perdido, mira de nuevo a su Cristo, se
persigna y sale de la iglesia, está sosegada y tiene cosas que hacer en casa,
hasta que llegue la noche y metida entre sus sábanas diga en susurros
"Cristo ten piedad, sostened a esta Piedad, que siento miedo"
Texto: Pedro Maximiano Cascos
Foto: Ana Manotas Cascos

