La noche siempre ha sido cobijo para lo prohibido, lo furtivo, aquello que nos puede pesar sobre las conciencias. Esto fue lo que pensó Pedro A.( No me está permitido dar más datos), por entonces un joven de 18 años, largo y flexible como los juncos, casi imberbe y con la tez oscura, dorada por el sol de La Serena. En una noche de verano, enloquecido por la rabia mató a quien tanto quería, sólo hubo un testigo, su propia madre que asistió como espectador mudo a tan horrible escena, después su hijo huyó al monte, anduvo toda la noche bajo el amparo de la luna, regresó de mañana, justo para ver como su madre era llevada detenida por el asesinato de su marido. Miró al hijo.
-No tardo mucho hijo. Te he dejao la merienda en la sartén.
La madre salió de la cárcel a los no muchos años, por buen comportamiento. Llegó a casa con un maleta de madera, entró sin llamar, su hijo estaba allí, parecía que esperando.
-Cómo que has tardao tanto, creí que me volvía loco.
-Tú no necesitas de la locura. Respondió su madre.
Ahora Pedro A. vive como un hombre casado, trabaja como funcionario y hasta ahí me permiten contar.
Texto: Pedro Maximiano Cascos